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  • De hecho en una cultura como la mexicana de

    2019-04-16

    De hecho, en una cultura como la mexicana de mediados del siglo xix, en que predomina la iconografía y símbolos tradicionales del catolicismo, la Crucifixión es de importancia fundamental, entendida a lo largo de El fistol del diablo a nivel de sinécdoque, es decir, de la parte por el todo: la herida en el costado por el Cristo crucificado, la montaña o pirámide por el Gólgota y, entre otras permutaciones, la cueva por la tumba. Concordando con tal iconografía y simbolismo tradicionales, pudiérase proponer el nacimiento de un nuevo calendario, una nueva era, marcada por tal acontecimiento, como es el caso en naciones cristianas, calendario simbólico de obvias analogías tanto con el pensamiento revolucionario francés —fuente de inspiración del liberalismo mexicano— como con el concepto cíclico mesoamericano de distintos soles, diferentes eras, rituales de renovación del fuego, creaciones en serie con sus respectivos tipos de humanidad y fin de mundo. Vista desde ese posible ángulo interpretativo, El fistol del diablo postularía la guerra con los Estados Unidos como un fin del mundo, destrucción de sus habitantes anteriores, y el principio de otro mundo y de una distinta humanidad. El hecho de que el desenlace trágico (en la edición de 1887) se componga de 23 capítulos más un epílogo (por lo tanto 24 secciones narrativas), quizás no sea fortuito o de mera casualidad, correspondiendo por lo contrario a la cifra asociada con una totalidad temporal, un tiempo cósmico que, por medio de una unidad temporal de 24 horas, mantiene su periodicidad con sus días y sus noches, con sus momentos de oscuridad y de luces en continua rotación. Esta visión trágica, casi mítica, de Payno, se expresa por medio de Rugiero, quien reflexiona sobre el carácter del hombre según su ejemplo “en las inmensas Américas”, opinando lo siguiente: “éste es el país donde se presenta la raza blanca en toda su barbarie, la raza latina en toda su locura, y la raza indígena primitiva con toda su incomprensible rareza y su extraña civilización” (2000b: 67). La guerra con los Estados Unidos produce en Payno un paralelo con la historia CP-673451 de México: de una jerarquía colonial de castas, Pay-no ahora piensa en términos de una tipología racial o étnica, pirámide invertida con la “raza blanca” en obvia relación con los Estados Unidos (por lo tanto, representación de la barbarie), seguida del legado de la Nueva España, con su locura (latina) e incomprensible rareza (mesoamericana), asociada esta última —por inferencia lógica— con la única civilización (aunque incomprensible) en las Américas. La noche de Chapultepec —montaña con asociaciones mesoamericanas y, a Playback experiment partir del 13 de septiembre de 1847, con la derrota de México— se funde en El fistol del diablo con la noche de Churubusco, batalla que ha pasado a la historia como una de las más sangrientas e importantes de tal guerra. En efecto, la guerra contra los Estados Unidos concluye un 13 de septiembre en la batalla de Chapultepec, pero la unidad poética de la novela señala otro sitio y otra fecha: la Quinta de San Jacinto, el 16 de septiembre, concordando en su configuración simbólica con una topografía idealizada y una fecha traicionada a un nivel político: es decir, la discordia y divisiones en el ejército mexicano durante la guerra contra los Estados Unidos son síntoma de lo olvidado que estaban los principios políticos de la insurgencia en México. Esta sobriedad y escepticismo históricos —modernos por su crítica a la nación— logran su expresión en El fistol del diablo en forma artística, moderna y a la vez hondamente tradicional, de vínculos intertextuales con novelas, leyendas y cuentos de todo el mundo, pero con un enfoque en la realidad histórica de la nación. En forma paralela, Los bandidos de Río Frío concluye con el sitio de una “fortaleza” (la Hacienda del Conde del Sauz en Durango), pero en vez de otro Álamo, Payno invierte la historia de la conquista de Tenochtitlán: ahora la hacienda es una ciudad sitiada por comanches y su dirigente, Mangas Coloradas. La trama narrativa, dividida en dos corrientes anecdóticas —el amor entre Juan Robreño y Mariana, por un lado, y la recuperación legal de los terrenos de Moctezuma III, por el otro— tienen un desenlace feliz: las relaciones desiguales entre Juan y Mariana se resuelven al final, concluyendo con el restablecimiento familiar (se descubre la identidad de su hijo Juan, ahora reintegrado en la familia). En cuanto a tierras indígenas, después de largos años de litigios, Moctezuma III recupera al fin sus propiedades. Con la muerte del Conde del Sauz —quien violentamente se opuso a lo largo de la novela a los amores de su hija Mariana con Juan Robreño por ser hijo de su administrador— Mariana despierta de su “locura” y, al recobrar a su esposo y al desaparecido hijo, dice sentirse “una nueva mujer, y que la antigua había desaparecido con la memoria de todos los dolores” (Payno 2001: 716; énfasis nuestro). En cuanto a los terrenos indígenas robados por la familia Melquíades, al ser restituidos por la ley a sus verdaderos dueños, se señala de esa manera el fin de una dinastía criolla, cambio histórico del que “se levantaba espléndido y brillante el [reinado] de Moctezuma III” (728).