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  • Y no se trata s lo de observar estas

    2019-05-06

    Y no se trata sólo de observar estas prácticas de manera amplia, general y tersa, sino que también es posible intentar reconstruir las experiencias estéticas y los espacios de disputa simbólica que cada una de ellas puede llegar niclosamide encerrar, en nueva proliferación de espacios de encuentro y debate, como es el caso de la traducción. Así es como escribe Patricia Willson: “Como sucede en otros diarios de escritor, muchas de las entradas del Borges de Adolfo Bioy Casares se refieren a los espacios en disputa de la institución literaria. Uno de esos espacios es el de la importación de la literatura proveniente de tradiciones extranjeras”, así, las menciones a la traducción que se hacen en dicha obra permiten indagar “no sólo en sus dimensiones estética y teórica, sino también en la dimensión concreta de las condiciones de su práctica”. Asistimos también a un despegue inusitado en los campos del pensamiento y la imaginación, en que el descubrimiento del lenguaje como tema de reflexión y exploración tendrá también consecuencias de alcances sorprendentes. Así, las distintas operaciones borgeanas, sus “obras” y sus “maniobras”, para tomar el título de Annick Louis, portarán como marcas distintivas su estrecha relación con el mundo del libro y la lectura. Tampoco sorprende a Sylvia Molloy la recreación literaria de las sociedades de amigos. Borges dio además un sello original al vínculo entre los mundos de la crítica y la ficción, así como supo sacar el mejor partido estético de las distintas pugnas entre posiciones filosóficas, debates sobre cuestiones literarias, y muy particularmente reflexiones sobre el lenguaje, y logró llevar el escepticismo hasta puntos que se tocan con lugares límite cruciales y, una vez más, de gran aprovechamiento estético. En un libro de muy reciente publicación, Borges crítico (2016), Sergio Pastormerlo plantea que en Borges “se borran las fronteras entre la ficción y la crítica, entre la narración y el ensayo, pero ese cruce de géneros tiene, por así decirlo, un punto de partida y una dirección: del ensayo a la narración, de la crítica a la ficción”.
    “Borges y yo” He querido comenzar mis comentarios por “Borges y yo”, puesto que este texto nos permite asomarnos a Replicative transposition algunas de las claves de la grandeza del quehacer borgeano. Aparecen allí dos entidades: el yo que vive distintas experiencias vitales y el escritor que las registra y se alimenta de ellas para labrar una literatura. A partir de esos elementos condensados se detona una prodigiosa luminaria de sentidos posibles. La paradójica relación entre el pronombre y el nombre, la enunciación y el enunciado, la experiencia y el sentido, da lugar a una combinatoria infinita, a una eterna carrera como la que en otro lugar libran Aquiles y la tortuga, y que no llega a resolverse nunca, sino en penúltimas soluciones transitorias. “Borges y yo” cumple además las condiciones de economía perfecta de un texto tal como las exigía el propio autor: el mínimo de personajes, el mínimo de anécdotas, el máximo de eficiencia narrativa para causar asombro y alcanzar una alta productividad estética. Imposible llegar a una economía mayor en cuanto al número de personajes: se trata de uno solo, desdoblado, en tensión entre el yo íntimo y privado que vive y se deja vivir, y la figura de un autor que porta marcas de identidad y es quien trama una literatura. Tras la presentación de ambos, el remate final, “no sé quién de los dos escribe esta página”, nos conduce a la indecidibilidad de una resolución que tanto puede enviarnos al yo (el que vive en la experiencia presente, y se traduce en una voz que la enuncia) o al otro (el que lleva el nombre, asume la condición de autor, vive en el mundo de las letras, y puede labrar la literatura), o tal vez se hace necesario que aparezca una tercera instancia (tal vez la incorporación del propio lector), que media en el relato y lo cierra con una duda escéptica. Macedonianamente considerado, además, el texto no puede terminar, no tiene final, puesto que “el sentido no se cierra al terminar”: se trata de un “relato en presente, un tiempo no narrativo, el tiempo de la escritura que es pura duración [...] todo final es un simulacro de la muerte”.