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    2019-05-06

    Si bien con menor despliegue, una atención parecida puede rastrearse en otros protagonistas de la emancipación o en sus enemigos. Como en el caso de Miranda, numerosos personajes mostraron curiosidad por el mundo antiguo y al mismo tiempo sus lecturas revelan que el interés era satisfecho por obras de origen extrapeninsular. En ambas actitudes se originó una crítica a la vieja cultura eclesiástica, que estuvo acompañada por la insistencia en un nuevo papel de los estudios clásicos. Cuando el ilustrado padre Benito María de Moxó, español que residió en América, donde combatió a los independentistas, criticaba los planes de estudio, era diciendo que el método de latín usado hacía perder el tiempo y no acostumbraba a la antigua cultura. En Cuba, hemos dicho que el padre Varela logró que la enseñanza en latín se suprimiera, pero al mismo tiempo las nuevas clases sociales, que aprovecharon el auge económico azucarero, apoyaron desde 1830 instituciones que con nuevos métodos y manuales enseñaban griego, que se endilgó hasta a los estudiantes de medicina; era la lengua de Homero pero “sin desconocerse el mérito del dialecto griego moderno”, del cual hubo alguna traducción. En Brasil el Seminário de Olinda y el Seminário de São Joaquim, fundados bajo el buy Ketorolac tromethamine salt Imperio, enfatizaron el estudio del latín y el griego. Esta ruptura en la pluma de un realista, en la Cuba que siguió siendo colonia española y en el monárquico Brasil debía repetirse en las nuevas repúblicas independientes, donde el mundo clásico se convirtió en centro de interés. Para la Nueva Granada contamos con el detallado estudio de Rivas Sacconi, quien nos muestra cómo muy tempranamente (en 1812, es decir en medio de los peligros de la vuelta de los realistas y de la guerra civil) se aprobó un reglamento de educación superior, que consideraba la enseñanza del latín al dejar en libertad a los docentes para adoptar el texto que creyeran conveniente, les aconsejaba evitar el memorismo y encaminarlos a polyploidy la traducción de “los autores latinos, escogidos entre los aceptados por todos como clásicos”; muy sintomáticamente, también prescribía impartir “algunos principios de mitología”. Una reorganización más duradera vendría en 1826 (ya terminada la guerra de independencia) y es notable que su autor, José Manuel Restrepo, considerara necesaria “una revolución tan completa” como la realizada en el terreno político, con el fin de demoler el “edifcio gótico” con que otro autor comparaba el sistema de educación existente. Los detalles que da Rivas Sacconi no dejan duda sobre el énfasis en los autores antiguos y no en la erudición clerical, y confirman así el carácter revolucionario que el bastante conservador Restrepo quería imponer en la educación. El otro país donde podemos seguir la cuestión es Chile, donde ya muy tempranamente la defensa de las lenguas antiguas asumía un tono moderno, como en las ordenanzas del Instituto Nacional fundado en 1813, según las cuales “la lengua latina, aunque muerta, abre las puertas al estudio de los mejores libros, es indispensable a los eclesiásticos y su riqueza, pureza y propiedad la han generalizado en todos los países del mundo”. La posterior polémica de Andrés Bello reforzó esta línea de argumentación, ya que defendió el uso de la enseñanza del latín, pero sostuvo su utilidad en los tiempos modernos y bregó por modernizar su estudio. Para él era el latín “el principal sendero que conduce al conocimiento de la antigüedad” y simplificaba la adquisición de las lenguas modernas; los nuevos métodos han facilitado su estudio y la filología ha progresado enormemente. Compuso Bello una novedosa gramática latina, editada por su hijo, e hizo traer profesores franceses (1829). Llegado de Europa, el polaco Ignacio Domeyko notó en Coquimbo la existencia de un liceo fundado por un auverniate que enseñaba latín y francés “con métodos modernos”.