Archives

  • 2018-07
  • 2018-10
  • 2018-11
  • 2019-04
  • 2019-05
  • 2019-06
  • 2019-07
  • 2019-08
  • 2019-09
  • 2019-10
  • Finalmente la parcela y heredad patrimonial del vecindario d

    2019-05-10

    Finalmente, la parcela y heredad patrimonial del vecindario de Xolloco Acatla –objeto de estas acérrimas desavenencias desde 1613– recibió protección legal. El espacio en el que se ubicaba la antigua cruz se institucionalizó y se construyó la ermita de Santa Cruz Acatla, antecedente inmediato de la sede que albergaría la futura parroquia franciscana homónima. Si la intromisión de población española propietaria y la pérdida progresiva de patrimonio inmueble vecinal fueron los desencadenantes del afianzamiento de los religiosos franciscanos en el barrio de Santa Cruz Acatla de la ciudad de México, procesos notablemente similares ocurrieron en la parroquia cusqueña de San Cristóbal Qolqanpata. Advertíamos en las líneas precedentes que esta feligresía indígena tan elitista no habría mostrado, en demasía, dependencia hacia los frailes seráficos en los primeros treinta años que siguieron 4EGI-1 manufacturer la conquista y a la instauración del orden virreinal en la ciudad andina. Empero, la situación cambiaría sustancialmente hacia los años de 1560, y aún más a raíz de las profundas reformas socioeconómicas y tributarias que el virrey Francisco de Toledo emprendió a inicios de la década siguiente. Hacia esa dirección apuntan varios elementos indiciarios que invitan a considerar la posibilidad de que don Carlos Inca empezase a estrechar importantes lazos con los religiosos franciscanos desde los primeros años de la década de 1560. Ciertamente: tenemos conocimiento de que, desde enero de 1562, don Carlos ostentaba el importante cargo de regidor en el cabildo cusqueño. Pocos meses después, el canónigo Antonio González solicitaba al deán y al chantre de la Iglesia Mayor poder iniciar ciertas inspecciones y excavaciones en el espacio catedralicio porque “[…] el tenía noticia de cierto tesoro que en el citio desta santa yglesia esta […]”. Es muy probable que el propio don Carlos, haciendo uso de su particular relación personal con las autoridades del cabildo eclesiástico y también de su reciente y prestigiosa posición en el consistorio municipal, fuese el instigador que alimentó convenientemente esas noticias entre ciertos peninsulares acerca de la existencia del “oro de los Incas”. Es más: don Carlos no sólo se habría interesado en lucrarse de tales suculentos hallazgos en el área de la catedral del Cusco, sino que inició igualmente una arriesgada tentativa de proceder, con las mismas intenciones, en el conjunto conventual de Santo Domingo, lugar donde antaño se había erigido el dorado Templo del Sol de sus ancestros, el otrora afamado Qoricancha. Sin embargo, y según las informaciones del religioso dominico fray Reginaldo de Lizárraga, a Leading strand don Carlos “[…] no se le admitió el partido y así se quedó […]”. La narración de este episodio no parece en absoluto gratuita, pues Lizárraga sugeriría que el que una vez fue solícito feligrés de la clientela dominica ahora tenía pretensiones de “[…] cavar debajo del altar mayor ‘del convento’ […]” para exclusivo provecho propio. El autor, al relatar los infortunios que acontecieron a los descendientes de los incas, llegaría a declarar que, en su tiempo, “[…] de suerte que de los Ingas descendientes de Huayna Cápac ninguno o pocos han quedado”. La profunda e irreconciliable fractura que se habría abierto entre don Carlos Inca y los religiosos dominicos se agudizaría considerablemente cuando este noble contrajo matrimonio con la castellana doña María de Esquivel. Ella era oriunda de una notable familia de hidalgos de Trujillo en Extremadura, localidad en la que existía un importante convento franciscano. Sea como fuere, y antes de que se produjese la llegada del virrey Francisco de Toledo a Perú, la familia Inca Yupanqui-Esquivel habría forjado una sólida alianza con las autoridades del convento de San Francisco del Cusco, pues un más que probable hermano natural de don Carlos, de nombre don Cristóbal Concha Auqui Ynga, declararía en su testamento de 1569 que