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  • Cuando se hable del testimonio

    2019-05-13

    Cuando se hable del testimonio como género literario, así como de la miríada de genealogías que lo describen como la última expresión de un movimiento que ya había caracterizado Ezetimibe la historia literaria de Latinoamérica, donde el cruce entre la política y la estética es una constante desde las Crónicas de Indias de los siglos xvi y xvii, habrá que tener en cuenta el modo en que se (de)construye el propio concepto de género. Alastair Fowler señala que “[d]e los muchos factores que determinan [el] canon literario, el género se encuentra sin duda entre los más decisivos”. Por esa razón, tendrá que tomarse en consideración el interés de la crítica literaria al interpretar el testimonio como perteneciente a la literatura, así como la reticencia de algunos que lo ven más cercano a la historia política. Desde la óptica arqueológica que se ha señalado, siguiendo a Sklodovska, me gustaría considerar aquí las distintas definiciones que se han dado del testimonio, una vez se da por sentado que se trata de un género... algo conflictivo. Porque, en función del área geográfica a la que nos refiramos y de la especialidad del crítico, el testimonio aparecerá vinculado al periodismo, a la etnografía, a la historia, a la política o a la literatura; o bien se considerará un espacio híbrido. Así, las definiciones, a pesar de que a veces se reconozca la imposibilidad de trazar límites al género, se dan subrayando, según el crítico, el aspecto que se considera distintivo del testimonio. Elzbieta Sklodovska llega a la siguiente conclusión: En el volumen Testimonio y literatura, editado por René Jara y Hernán Vidal en 1986, dos años después de celebrar un Symposium sobre literatura y testimonio en la Universidad de Minnesota, la nota predominante de los colaboradores del libro, es dar una definición del género vinculando el testimonio con las condiciones históricas que habían propiciado su aparición. Así, René Jara cree que: Esta definición contiene buena parte de los aspectos más polémicos y más debatidos en torno al género que serán abordados, como se ha dicho más arriba, por teóricos como Beatriz Sarlo, Jaume Peris o Prada Oropeza: la relación entre la escritura y la referencia histórica, la compleja relación entre el sujeto de análisis y la autoría del escrito, la dialéctica entre la historia y la imagen literaria; y que da lugar a una serie de aporías que también serán recogidas y debatidas desde el ámbito de los estudios de la memoria, especialmente por Elizabeth Jelin en Los trabajos de la memoria. Desde esta misma línea, Jorge Narváez, otro de los autores que participa en el volumen de Jara y Vidal, considera que el testimonio es el género a hypotonic partir del cual puede escribirse la historia verdadera de los grupos sin voz histórica oficial. Dejando a un lado el valor estético del testimonio, Narváez destaca la contribución que hace este género a la disciplina histórica, pero lo hace sin problematizar por qué se considera, entonces, como un género literario. Teniendo en cuenta este último rasgo, Víctor Casaus, que analiza el testimonio de Pablo de la Torriente Brau, en Cuba, sí que atiende a “la satisfacción estética [que ofrece la] lectura [de testimonios]. [A] través de sus diversas líneas creativas, [el género] realiza la importante función de rescatar la memoria colectiva de nuestros pueblos”. Una de las funciones más destacadas hasta el momento es, por tanto, la de servir a la reconstrucción de las distintas versiones que existen sobre el devenir histórico de un país. Miguel Barnet sería uno de los primeros teóricos del género que repararía en la importancia de concebirlo como parte de lo literario. La expresión que el etnógrafo acuñó, “novela-testimonio”, hizo fortuna y, podría decirse, que contribuyó de forma poderosa al debate sobre la literariedad del género. Aun así, Barnet señala cuál es “la primera característica que debe poseer toda la novela-testimonio: proponerse un desentrañamiento de la realidad, tomando los hechos principales, los que más han afectado la sensibilidad de un pueblo y describiéndolos por boca de uno de sus protagonistas más idóneos”, como, de hecho, hizo él mismo en Biografía de un cimarrón tomando por informante a Esteban Montejo. Paradójicamente, el artículo de Barnet, “La novela-testimonio: socio-literatura”, donde se encuentra la siguiente conminación a acabar con las fronteras genéricas, “[e]l testimonio adelanta, en su orgánica capacidad para desconocer creadoramente las fronteras ficticias entre los medios de expresión, ese momento en que podamos decir. ¡Los géneros han muerto! ¡Viva la literatura y viva la vida”, iba a convertirse en una guía para los cultivadores del testimonio y en un apoyo para aquel sector de la crítica que proponía vincular el testimonio al ámbito literario, a pesar de que Barnet elabore su obra como etnólogo y siguiendo de cerca a Oscar Lewis.