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    2019-05-09


    II En lo que sigue, proponemos un análisis de El fistol del diablo que parte inicialmente de una etnografía simbólica de objetos de valor estético —caso ilustrado en la novela de Payno con un fistol de diamante engastado—, con raíces en leyendas y en la historia literaria de varias naciones del mundo pero cuya función en la novela es la de un elemento formal que determina la composición narrativa, tanto en su esfera estética cuanto en la política de su tiempo. A un nivel formal, el fistol como objeto es un factor determinante en la composición narrativa en tanto que opera mediante un continuo cambio de dueños, por lo tanto como hilo conductor Quinacrine Dihydrochloride manufacturer lo largo de la narración. Ahora bien, como leyenda narrada por Rugiero (otra voz en la narración, distinta a la del narrador omnisciente-cronista), la historia del fistol muestra relaciones intertextuales con Las mil y una noches y con una temática tradicional enfocada en fallas humanas, como la tentación y la avaricia. De tales elementos tradicionales, y a raíz de hechos históricos como fue la guerra de los Estados Unidos contra México, Payno intentará modernizar —en un sentido que unifica la estética, la literatura y la política— la novela histórica en México. En su organización formal, los pasajes en que Payno plantea los elementos ideológicos de su novela constituyen un empalme sincrónico de tres tiempos: el remoto, el pasado reciente y el presente de la narración. Asimismo, tal empalme temporal incluye tres voces narrativas, tres tiempos y tres diferentes puntos de vista: el de Rugiero (en primera persona), el de Anselmo el insurgente (en primera persona), y el narrador-cronista de la novela (con acceso a la omnisciencia a lo largo del relato). El tiempo remoto, mítico y fuente de leyendas comienza con la “Historia de una piedra preciosa” (capítulo I V, segundo tomo), leyenda con tácitos orígenes en Las mil y una noches y narrada por Rugiero en relación a la historia del fistol y sus violentos pero interesantes cambios de dueño. La convergencia de tiempos le da un carácter absoluto, eterno, a la noción que Manuel tiene del presente, situándolo en un trance oracular del cual Manuel no tiene idea pero que el lector aprecia —incluso a Wobble hypothesis un nivel tecnológico, es decir, moderno, según fue el “panorama” popularizado en el siglo xix, con sus ilusiones pictóricas, pinturas en serie, antecedente en línea recta del arte cinematográfico—, interpretando los minuciosos detalles de la descripción como presagio o prefiguración de la catástrofe que se avecina a un nivel nacional: la guerra con los Estados Unidos (“ciudades, campos, ejércitos y pirámides”). Como instrumento artístico de una tecnología moderna, el uso del panorama —que Payno habrá visto en Francia o en los Estados Unidos durante uno de sus viajes— produce un resultado que es casi “cubista” en su representación (“todo rápido, confuso, como quien ve […] sin acertar a definir qué es lo que tiene delante”). Importa, a la vez, interpretar lo que se representa en el panorama (“ciudades, campos, ejércitos y pirámides”) como una tetralogía alegórica de la Conquista de México, tanto de Tenochtitlan como del México de mediados del siglo xix. Según veremos en seguida, se alude a ambas “conquistas” en forma simultánea, síntoma de no poder entender por completo la “conquista” de 1848 sin el acontecimiento previo, ocurrido siglos antes pero sobrepuesto continuamente al final de la novela, sugiriendo un acontecimiento intermitente, destructor, que retorna con la fuerza de lo reprimido. Cuando llegan los novios a la Quinta de San Jacinto, su fortuna ha mejorado: Teresa está a punto de liberarse de don Pedro, corrupto albacea que en la novela alcanza niveles alegóricos de la España cerrada al progreso. Gracias al espíritu de empresa en Luis Cayetano, Teresa se convierte en dueña de la Quinta de San Jacinto, propiedad que representa, dentro del idilio conciliador de la novela, un nuevo espacio doméstico para la pareja criollo-mexicana, quinta que será ocupada y destruida por soldados norteamericanos en el capítulo con que concluye la edición de 1887. La Quinta de San Jacinto se describe minuciosamente a lo largo del capítulo, correspondiendo a la descripción arquitectónica más detallada y simbólica de toda la novela, apropiadamente titulada “Un paseo en la Quinta de Teresa”: